Nigromante de las Palabras

Es posible que estés herido en lo más profundo, que de ti no queden más que los esbozos de un perfil omnisciente. Es posible que tu sangre hierva y tus lágrimas diluyan todo lo que queda de tu mellada divinidad.


¿Dónde estás?

Eres la reencarnación de un espíritu irreal: cual delfín varado en la quintaesencia, tus alas de quimera refulgen al descender en picado sobre la densa bruma que atenaza con fuerza el alma del luchador deslavazado.

¿Dónde has estado todo este tiempo?

Nigromante de las palabras, resucitas las frases del olvido, sublimando una utopía que agoniza latente en este paraíso inmaterial. Definitivo, eterno, absoluto, total... cualquier término se queda corto al tratar de abrazar la excelsa realidad de tu pantagruélica existencia.

Necesito saberlo...

Dicen que la verdad nos es ajena, que no existe luz sin que la ardiente oscuridad se cierna a su paso. ¡Maldito seas!, las palabras vacías encierran tu corazón marchito.

¿Es posible que me hayas olvidado?

En sí misma, la vida es un exceso sin mesura, no hay espacio para mirar hacia atrás, tan sólo miríadas de asteriscos y tu presencia todavía humeante en mi recuerdo: ¿Dónde estás?, ¿Dónde has estado todo este tiempo? Necesito saberlo... ¿Es posible que me hayas olvidado?

...

Científico de la oscuridad,

Nigromante de las palabras,

Vuelve a mí... o muere por siempre en este hálito de eterna soledad.


67


Demacradas lunas refulgen en su hatillo de infinitud. Sesenta y siete sierpes sibilinas siembran de soledad su sucinta sotana. Es el hálito de viva muerte, que se extiende más allá de su sonrisa espartana.

Preso de una asíncrona apatía, me pregunto con cierta monotonía, si el estrambótico holocausto de su patético declive es una clara muestra de su plenitud.

Sombrías sensaciones suscitan siniestras salmodias sesgadas. Sesenta y nueve placeres prohibidos. Sesenta y ocho sueños olvidados. Sesenta y siete sierpes sibilinas asaetan insistentes sus sórdidas sílabas secretamente silenciadas.

Ardientes filos de gélido acero rugen grotescamente al tiempo que desgarran las gargantas de los guardianes custodios de su aguerrida senectud.

Vítores fatídicos, devenir atemporal: el sexagesimoséptimo poder del onironauta al fin se manifiesta en los rescoldos de este desvarío terminal.
Related Posts with Thumbnails